Viernes

Ayer me pasó lo que podría ser el argumento de mi próxima novela o cuento largo: estaba con un amigo cercano en la terraza de un hotel adjunto a la Alameda, tomábamos unos tragos e intentábamos seducir a un par de chicas rubias, una hablaba mucho y por su plática evidenciaba que era muy inteligente, la otra era muy callada pero siempre se estaba riendo, era hermosa. La primera era ingeniera mecánica y venia de Monterrey a un congreso en el mismo hotel en el que estaba hospedado. Yo soy un escritor en ciernes y acababa de publicar un libro y de presentarlo en el lobby del Hotel en el marco de la inauguración de un festival cultural, había invitado a mi amigo al que no había visto en un tiempo y que vive en el DF, para recordar y conversar y ver si salíamos de copas, era un galán empedernido que buscaba ser actor de cine. La chica callada era una psicóloga (más tarde sabría que era española) que probablemente no tenía nada que hacer ahí, como mi amigo, quizá  estaba acompañando a su amiga porque tal vez coincidieron en la ciudad, o tal vez habían quedado en encontrarse como lo hacía yo con Julián. Después de un rato pudimos hablar con ellas porque en el hotel nos encontramos a un amigo en común, era un tipo que había conocido Julián cuando hacía comerciales para la TV abierta,  el sujeto era un comentarista deportivo muy joven y bastante exitoso llamado Alonso que conocía a Julián del Colegio México. Yo conocí a Julián en la UNAM en los años que me vine a estudiar a la capital. Alonso nos presentó y nos dijo que en uno de sus tantos viajes por México y el mundo como corresponsal de eventos y competencias conoció al singular par de chicas, creo que hasta tuvo algo con la callada. Lo cierto es que los dos casi no participaban en la plática; Alonso lo hacia esporádicamente mientras Julián hablaba hasta por los codos. Jimena, la ingeniera, fue la que se puso peda primero, ella no era tan guapa, pero estaba muy buena, era alta y tenía unos senos muy grandes, en cambio la otra chica casi podría pasar como modelo o actriz, aunque más bien era del tipo intelectual, la verdad es que era muy bella, tenía una belleza natural que evocaba una elegancia y un refinamiento poco común. Después de separarnos por unos minutos mientras Alonso intercambiaba con ellas sus correspondientes teléfonos y correos electrónicos, Julián y yo estábamos apostando y discutiendo sobre quién se cogía a quién primero. Julián es el tipo de amigo que siempre está pensando en sexo. Me decía: “Mira que lindo culito, tenemos que hacer una orgía mi poeta”. La chica española se llamaba Maritza y era la que más me gustaba a mí, no tanto para coger sino para tener una relación, ahora ya no soy un completo desconocido, con la publicación de este libro (mi tercera obra) salía en algunas revistas y periódicos, y tal vez eso podría interesarle a Maritza —que si he de ser sincero, me gustó demasiado, como no me gustaba una mujer en muchos años y eso me hacía pensar en pretensiones ingenuas—  Por lo que me decía, parecía que le iba bien en España, después de hacer dos máster, uno en Londres y otro en Burdeos había tenido un notable ascenso en el área del psicoanálisis y la investigación clínica. Venía a México a ver a su querida amiga que había conocido por medio de amigos comunes cuando ella vino de intercambio y para olvidar un desengaño amoroso del que no quiso contar nada ni yo quise preguntarle más. Seguíamos platicando en grupo. A pesar de recién conocer a Alonso y sin que tuviéramos demasiadas cosas en común me cayó muy bien, le pregunté si iría al mundial en Alemania este año. Me dijo que era muy probable. A mí me gusta el fútbol y me gustaría ir, y de pasada a España para ver a Maritza, le dije mientras Maritza esbozaba una sonrisa que no sé si fue por mi comentario o por ver lo que estaban haciendo o diciéndose o tal vez por la manera en que se miraban Jimena y Julián. Pasaron las horas y fuimos tomando confianza, eran las cinco de la mañana y Julián y Jimena ya estaban besándose y creo que hasta fajando. Sólo quedábamos Alonso, Maritza y yo platicando en la terraza, ninguno estaba borracho todavía, aunque Alonso ya había tomado mucho, pero tenía buen aguante. Para las seis de la mañana estábamos viendo aún en tinieblas a la gran y castigada ciudad desde lo alto del edificio, se veía el Palacio Nacional con sus patios y árboles interiores, se veía el bosque de Chapultepec a lo lejos, creo que alcancé a distinguir el castillo, se veía el Palacio de Bellas artes, se veían a las personas caminando semidormidas para ir a trabajar, a los niños de la calle, a los perros viejos y a los autos que pasan a toda velocidad destellando luz y dejando un sonido hueco. ¿Lo estoy rememorando o lo estoy soñando? —Las consecuencias de escribir de madrugada—; Alonso había ido al baño, era mi oportunidad de hablar a solas con Maritza. A esas alturas Julián y Jimena ya se habían ido al cuarto, a mi cuarto, lo supe por un mensaje que me mando el pendejo. Le dije que disculpara a mi amigo, ella dijo que su amiga era peor, reímos. Después de platicar sobre libros y viajes le pregunté sobre su vida personal, me dijo que estaba soltera y que le parecía el mejor estado para vivir estos tiempos locos, que en México nunca había tenido novio a pesar de las no cortas temporadas que pasó aquí, que le gustaba el país (como a todos los extranjeros se les hace interesante y sugestivo) aunque hay cosas malas, pero acá se sentía como en un cuento según me dijo, le dije que tenia ganas de hacer un máster en Europa, que me gustaría volver a verla. ¿Cuándo te vas? Le dije. En dos días, me respondió. ¿Te puedo recitar un poema que acabo de terminar? Le pregunté, (mentira, el poema tiene años, pero como estábamos hablando de México me pareció apropiado y así se lo hice saber) Sí claro, me encantaría, dijo.

Besos a través del cielo

Surcan por los hilos del lago invisible
y sigo entre tanto ensimismado;
otros dioses secundan el dolor del sueño,
miran mi deconstrucción y asimetría

Bajo el velo fino y ajustado se encuentran
las caricias dulces y efímeras,
estrangulando coyunturas de amor
ausencias de vida, de colores pasteles

Qué dicha a los que no conocen ni quieren saber
columpiándose hacia los huecos que asfixian a las aves
en la lluvia implacable de los días festivos.

Como una pintura del Dr. Atl
como si paisajes superpuestos asesinaran las Montañas
y a los ancestrales lagos, y a los ríos nuevos
pero sucios.

Estaba amaneciendo cuando le recité mi poema. Le gustó mucho, aunque comentó que había ciertas metáforas muy obvias y otras que no entendía. Alonso no regresaba, tenía casi una hora de haberse ido. Nos besamos, eran mediados de diciembre, pudimos ver los volcanes con su nieve, el perfil de la ciudad, las nubes pasajeras navegando al horizonte. Salimos del hotel con mucho frío. Caminamos por las calles vacías.

 

 

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