PARALLEL LINES

 

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Son las diez de la mañana. Rebeca estaba sentada, apacible, esperando a Leonardo en la recién inaugurada estación de trenes, habían quedado de ir a pasar el fin de semana a Querétaro. No tenían un plan establecido una vez que llegaron, pero la idea de conocer, viajar y estar juntos era mucho mejor que pasar el día en cines o cafés, su rutina de siempre. Su vestido fondo azul con pequeñas rosas rojas no la hacía verse aseñorada, al contrario, su delgado y bien proporcionado cuerpo se delineaba ajustado, sus zapatillas negras y su bolso gris más que buscar una conminación buscaban sobriedad. Tenía el cabello negro, que contrastaba de manera notoria con su piel tan blanca, el peinado era corto, lo suficiente como para llegar al nacimiento del cuello pero no tanto como para llegar a sus pechos. Rebeca tenía una mirada entre verde y amarilla, que llamaba mucho la atención (además de su belleza natural) a donde se paraba. Ese día lo tenía libre, después de un par de años de trabajar de lunes a domingo con descanso entre semana para una tienda de ropa elegante, ahora por fin había logrado una de sus metas, trabajar en una revista cultural, la paga era menor a la tienda de ropa, pero ahora ya estaba bien afianzada en el mundo editorial, sus reseñas se leían con regularidad y poco a poco estaba escribiendo en más medios electrónicos y en una que otra sección de cultura de los periódicos de la ciudad. Sus jefes le auguraban un futuro promisorio. Sus estudios en literatura inglesa, sus logros académicos (fue el tercer mejor promedio de toda la facultad) y su carisma la tenían muy bien posicionada en la vida. Ahora vivía sola y no dependía de nadie, sus ingresos eran decentes pues además del salario en la revista, trabajaba como editora y correctora de estilo free-lance, además de que había ahorrado mucho dinero, pues toda su vida fue becada.

 

 

Leonardo llega, con diez minutos de retraso. Está vestido con ropa casual, zapatos de gamusa negros, unos jeans recién comprados, una camiseta polo y su chamarra de cuero, lentes oscuros y gorra de béisbol de los dodgers de los Ángeles. Es un fresa en toda regla, pero tiene una condición que enamoró a Rebeca, es vegetariano y le gustan los museos, amén de que es muy guapo y trabaja como locutor en un programa de radio de una universidad privada. Otro punto a su favor es que sabe muchísimo de música, música nueva, música británica. Pero eso a Rebeca no le importa tanto, pues ella sólo escucha cosas de antes de los noventas. Su verdadera pasión es la cultura; las ciudades, los museos, los libros, la música clásica. Una hipster vista desde afuera, una mujer intelectual para sus compañeros de trabajo, una actriz o modelo para la gente que la mira en la calle.

 

Se saludan, se abrazan, se besan, se toman de la mano, platican un poco y se dirigen a tomar el tren. Tomarán el tren de las 10:30 a.m.

 

 

 

 

 

‒¿Cómo va todo en la oficina mi amor?

‒Todo bien Leo, me aceptaron mi reseña de la última película de Woody Allen, la publicarán el próximo viernes,

‒¡Genial!

‒Sí, la verdad es que todo me va muy bien, ¿y a ti?

‒Pues no me quejo, todo en el programa está saliendo bien también, tal vez nos den otra sección o un nuevo programa los fines de semana.

‒Hay que aprovechar el tiempo entonces, dijo Rebeca, antes de que ya no tengas tanto tiempo los domingos.

 

Una sombra negra pasa caminando junto a ellos.

 

‒Sentí una mirada. Dijo Leonardo.

‒Jajja, no seas miedoso, debe ser un pasajero o un empleado.

 

 

 

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