El sapo que no sabía como caminar mientras dormía

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Julián era un sapo que estaba enamorado de Casiopea Miranda, la chica que vivía en el cuarto que estaba en el edificio enfrente del charco que se hizo por la lluvia torrencial del 24 de noviembre pasado, un niño lo tiró ahí porque su madre no lo dejó conservarlo. Cuando dormía, soñaba con ser el novio de Casiopea, esa niña rara que no hacía mucho se había mudado a la ciudad, sus padres, los señores Miranda, eran aún más raros podría pensar cualquiera, al ponerle tal nombre a su hija; sin embargo eran excelentes personas que querían mucho a Casi, como le decían de cariño, aunque sonara raro y fuera motivo de frecuentes malentendidos.

 

El hecho es que Casiopea se asomaba por las tardes por la ventana de su cuarto a observar el paisaje de la ciudad, envuelto en la hermosa escena de las montañas que rodeaban la metrópoli, le gustaban particularmente los días de invierno, que empezaban a asomarse en el calendario, ya que dichos días las montañas se cubrían de nieve, y por alguna extraña razón, el aire de las tardes tenía una cierta esencia de melancolía y esperanza. Ella estaba enamorada de Cristán, el chico que pasaba todos los días a las 7 en punto, al momento justo en que empezaban a ponerse naranjas las montañas. A él lo había visto también en su escuela, pues iba en un grado mayor al suyo, y pronto entraría a la universidad, era bastante popular entre las chicas de la prepa.

 

Todos los días el sapito Julián velaba los sueños de Casi, quien dormía con la ventana entreabierta de las cortinas, esto para recibir los primero rayos de luz diurna y poder ver el hermoso amanecer centelleante detrás de las montañas. Abría la ventana, se asomaba, se soltaba el pelo, y Julián la miraba, estupefacto. A veces muy temprano o muy noche, depende desde qué enfoque se mire. Julián sufría sonambulismo, trepaba y caminaba dormido por las ramas del árbol adyacente al edificio donde vivía la familia Miranda, y que fortuitamente daba directamente al cuarto de su amada. En varias ocasiones estuvo a punto de dar el salto mortal hacía la ventana de Casi, pero siempre despertaba en el último momento, cuando se encontraba de puntitas con el cuerpo echado hacia delante.

 

Una noche Casi no había llegado de la escuela aún, conducta nunca vista antes, sus padres se habían preocupado y comenzaron a llamar a sus amigos y conocidos de su agenda telefónica. Para cuando estaban llamando a los de la letra C, Casi entró gimiendo y llorando, no supieron qué decirle. Ella sólo dijo: “disculpen por llegar a estas horas, creo que he sufrido mi primera decepción amorosa en serio”. Al llegar a su cuarto no hizo otra cosa que llorar, apagar las luces y envolverse en las sábanas. A pesar de tener esos pequeños y escondidos oídos, Julián pudo escuchar los sollozos de su querida Casi, de tal forma que tomando todo el valor posible dio el salto que siempre había evitado, pues 2 pisos humanos equivalen a muchos pisos de rana y la caída hubiera sido terrible. Milagrosamente pudo llegar, aunque, sosteniéndose con las patas delanteras y después de una penosa escalada. Casiopea seguía llorando, no se le ocurrió otra cosa que contemplarla toda la noche, sin dormir.

 

A la mañana siguiente, Casi, al despertar, se dirigió a la ventana a mirar sus montañas y por un momento había olvidado lo sucedido ayer, esa terrible humillación de la cual fue objeto, donde Cristán la uso como conejillo de indias en una cruel broma, para darle celos a su novia. Casi estaba tan emocionada porque Cristán la había citado en la puerta principal de la escuela para una “sorpresa” que no asistió a sus ultimas dos clases, “Wow no lo puedo creer, nunca me había hablado y ahora lo hace para darme una sorpresa” pensaba. No pudo entrever el maligno plan del chico de sus sueños. Cuando llegó la hora, en una inusitada muestra de puntualidad llegó al lugar, extrañada de que hubiera tanta gente. Cristán llegó 20 minutos después, y cuando estuvo frente a ella, esa chica tierna y emocionada, sólo pudo decir las siguientes palabras: “Mariana, mira como no me importa nada que hayas besado a Carlos, yo besaré a la chica más tonta y ridícula de la escuela” Casi estaba anonadada, y justo cuando estaba a punto de besarla, volvió a escupir sus sandeces, “No, Mariana, no me atrevo, es demasiado rara, quédate con Carlos, yo puedo conseguir a otra”.

 

En ese momento como era su costumbre, Cristán pasaba por la calle donde vivía Casi, para llegar al gimnasio donde se ejercitaba. Casiopea en un arranque de valor y cólera, abrió la ventana, vio a la ranita y a Cristán al mismo tiempo y le grito, ¡Imbécil! Mira, YO SI ME ATREVO A BESAR A ALGUIEN MEJOR QUE TÚ. Y en ese momento besó al sapito Julián, quien vivió el momento más feliz de su corta existencia. Cristán volteó, siguió caminando y sólo pudo reírse ante escena tan absurda, sin embargo dicen que hay un karma y al chico lo atropelló una motocicleta al momento de cruzar la calle sin advertir su inminente venida. Desde ese día Cristán dejó de ser el más popular de la escuela, puesto que su extraña manera de caminar, producto de la terrible fractura de su pierna izquierda sufrida en aquel accidente, extrañó y quizás horrorizó a más de uno. Casi no se sentía culpable, Cristán la culpó del accidente pero ante la falta de pruebas nadie se molestó en secundarlo. Julián paso a ser mascota de Casi. Ahora ella va a la universidad. El último año de prepa tuvo su primer novio, se conocieron el día que se murió su ranita. Cuando se le salió de la ventana en la noche, al parecer brincó hacía el árbol que estaba junto y resbaló de una rama. Casiopea lo puso en una cajita que amarró a un globo de helio y lo soltó desde su ventana, en un amanecer, mientras las montañas se ponían naranjas.

 

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