POSSESSION

 

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Hace unos quince años, en los finales de los noventa, en el canal 22 se emitían películas europeas a partir de las nueve de la noche. Yo me dormía viéndolas, a veces no terminaba de verlas pues tenía que despertar a las 6:00 AM para ir a la secundaria. Quizá debí haber visto unas cuantas docenas de buenas películas, ahora que lo recuerdo no solo eran filmes europeos; también había una que otra mexicana o norteamericana, el caso es que después de tantos años no puedo recordar más que un puñado de ellas. La que más permeó en mis recuerdos es la única de la cual recuerdo el título: Possessión.

Hablada en inglés, pero con locaciones situadas en la Alemania Occidental de principios de los años ochenta. Recuerdo tantos detalles porque vi esta película varias veces, era de las más repetidas de la barra nocturna de cine de aquellos años en el 22. El argumento a grandes rasgos era esto: Una joven pareja que tenía problemas de infidelidad, pero eso no era lo interesante; el sujeto misterioso con quien se acostaba la preciosa mujer era un demonio o monstruo gigante y cómo el marido de ésta los descubría después de encontrar cadáveres putrefactos en el departamento donde se hallaban. No olvidaré la impresión que esa escena de sexo tuvo en mí a los 12 años: un monstruo como de tres metros de altura penetrando a la mujer, de la cual solo se puede apreciar su nívea piel y su cabello negro y ondulado camuflajeándose con el color de aquel engendro híbrido entre pantera, serpiente, gigante y pulpo… con escamas, tentáculos y garras, una cabeza y una cola interminable.

El hecho es que conocí a una mujer idéntica a la protagonista de Possession, era delgada, cabello muy negro y rizado, piel tan clara que parecía porcelana y una mirada azul turquesa, que además y para perturbarme aún más vestía los mismos vestidos que dicha actriz. De esas casualidades que uno jamás se explica. Nos conocimos en un viaje, una excursión a la riviera Maya. Llamémosla M, yo trataba de evitarla a toda cosa, a pesar de que iba sola y de que su atractivo era evidente, no tan extraño en estos tiempos modernos, como el hecho de que solo le hablara a parejas casadas y ancianas que pasan días conociendo gente y lugares. A los hombres los ignoraba, eso me tranquilizaba.  Yo no iba solo, un amigo de mis años de universidad –ahora profesor de historia– insistió tanto en que hiciéramos ese viaje académico (era organizado por su escuela de antropología) y con el pretexto de que tal vez seria una buena oportunidad para conocer mujeres interesantes. Yo había terminado mi última relación hacía un mes y él gustaba de ligar de dicha forma. Terminé aceptando hacer el viaje, mi trabajo era insufrible y fue una buena excusa para que me despidieran de una buena vez.

Con el correr de los días, conocimos lugares increíbles: sitios arqueológicos pirámides poco conocidas como la grandiosa construcción de “El hormiguero”, playas y pueblos perdidos en las selvas tabasqueñas. El último fin de semana iba a ser en Cancún, para asistir a un congreso de historiadores y para disfrutar de su apaciguador clima y servicios para los turistas. Durante todo el viaje, jamás crucé palabra con M, que ya se había hecho popular entre los tripulantes del autobús de historiadores del DF, como nos decían los guías. Se corría el rumor de que era española y lesbiana, los pocos hombres del grupo con los que al sabor de las cervezas ya habíamos intercambiado opiniones de viajes, mujeres, futbol y política decían que era un desperdicio de mujer, que dormía en una habitación sola, la más fina de cada hotel que visitábamos, que era millonaria, que su familia era de las más poderosas de España y que qué chingados hacía una mujer así en un viaje de académicos de una universidad pública mexicana. A mí ya hasta se me había olvidado su existencia hasta el penúltimo día. Después de una comida colectiva en el restaurante del hotel. Alberto me dijo que se quedaría platicando en el bar con una profesora invitada de la universidad de Michoacán, le gustan las maduritas a mi amigo, no era muy hermosa pero para estas alturas y después de ver a tanta rusa y argentina en tanga en Cancún, cualquier pretexto para coger es válido. Quizá tendría más suerte que yo, francamente, no había superado mi separación con Lilia, me sentía ya fastidiado del viaje y quería regresar a mi apartamento en el DF, descansar un par de semanas y luego buscar otro empleo para seguir tirando. Mi vida no era fabulosa pero el sueño seguía latente, quizá un nuevo comienzo se avecinaba en mi futuro.

Al regresar a mi habitación, con ganas extremas de darme un baño, pude ver el cuarto a oscuras a pesar de la hora. ¿La camarera habrá cerrado las cortinas después de hacer las camas? Al abrir lo primero que noté fueron unas piernas pálidas de mujer que me hicieron saltar del susto. Ahí estaba M, vistiendo un vestido azul, sonriéndome mientras jugaba con su cabello entre los dedos de su mano izquierda. Mi ropa estaba tirada por toda la habitación. Un líquido viscoso y negro salía por debajo de la puerta del baño. Pasos de gigante se oían en el pasillo. Sus ojos claros no dejaban de crecer.

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