Lejana animación

El anime favorito de Mauricio era Queen Milenia o mejor conocido en Latinoamérica como La princesa de los mil años. Mauricio siempre hablaba de él con sus amigos cuando el tema del anime salía a relucir; y siempre les contaba el argumento, por si alguno de sus amigos o de los weyes de la prepa que luego se pegaban no habían escuchado antes, a grandes rasgos resumía o ampliaba algo más o menos así: «La historia se desarrolla en una trama increíblemente compleja. La llamada “Princesa de los mil años”; es un ser femenino nacido de una probeta y creada especialmente para un solo fin. Por ello está privada, desde su nacimiento, del amor familiar. Se llama Yayoi Yukino y esconde su verdadera identidad tras la fachada de una joven hija adoptiva de una pareja japonesa que regentan un pequeño restaurante. Es originaria del planeta Lamethal, y su tarea consiste en raptar el número suficiente de terrestres para hacer funcionar las complejas estructuras mecánicas de su planeta, donde su pueblo está obligado a vivir en un estado de hibernación casi permanente. Estas máquinas necesitan mano de obra, la cual Yayoi rapta de la tierra exactamente cada 1000 años ya que es cuando su planeta pasa más cerca de la Tierra. Dato curioso: el planeta Lamenthal no solo se acercará a la tierra, si no que chocará con ella, lo cual conllevará a una verdadera masacre de la población terrícola. La emperatriz del planeta Lamenthal descubrirá no tener ningún interés por el género humano, entrando así en conflicto con la bella emisaria y decidiendo enviar a una nueva Princesa de los mil años que pueda hacer la tarea que Yayoi se obstina a rechazar».

Sus amigos no entienden “¿Quiénes son los buenos y quiénes son los malos?”,  preguntaban siempre, Mauricio pacientemente les aclaraba y también en tono de maestro de taller de teatro: “y como todos los finales de animé de los ochenta, siempre se guarda la esperanza de una vida mejor para la humanidad, una esperanza dada a un pueblo que quizás bajo ciertos aspectos no la merezca.”–les decía. Bueno y ya que escucharon todo esto quizá nadie vea nunca el anime, -decía el Mau a sus amigos- “!ahí les va un mega spoiler!” añadía el gordo: “la protagonista se suicida para salvar al planeta tierra”.

El gordo era el más friki de todos los chavos que se juntaban, era adicto a la pornografía, buen jugador de juegos de pelea y coleccionista obsesivo de figuras de acción, comics y manga, pero su especialidad eran los anime, y sabía tanto o quizá más que Mauricio y por ende, que todos los chavos que se juntaban en la biblioteca de la prepa. Era el que proveía de contraseñas de páginas porno y a veces vendía usb usados a 300 pesos con más de 20 horas de pornografía, de lujo y calidad, según él. No se llevaba tan bien con Mauricio como lo hacía con Rafael, pero entre todos había una unidad de compañerismo nerd que muchos veían con recelo en la prepa, algunos se burlaban de ellos, y otros solo los ignoraban. Rafael tenía un departamento en el cual vivía con sus padres, pero que casi siempre estaba solo, pues ambos trabajaban y llegaban pasadas las nueve de la noche, así que ahí se reunían con más frecuencia los muchachos. Era el lugar preferido, después de las máquinas, el deportivo de al lado de la prepa y los salones E de hasta el fondo, donde todo mundo se iba a besar o las mujeres a platicar entre ellas, en más de una ocasión fueron echados de aquel lugar por “nerds” o “freaks”, como les solían gritar a menudo.

Todas estas escenas extrañamente venían a la mente de Mauricio, cuando tomaba las manos de Raquel, tan solo un par de años después, en la Facultad de Arquitectura. Raquel era sumamente hermosa, pero muy tímida y casi no le hablaba a nadie, esto gustó en demasía a Mauricio, que poco a poco fue acercándose a ella. Por aquellos años, los años de las desveladas de arquitectura, Mauricio hacía sus planos y maquetas en la planta baja de su casa, mientras todos dormían, después de la una de la mañana o dos, siempre llevaba más de la mitad del trabajo, y para no hartarse ponía la barra nocturna de animé de Cartoon Network: pasaban Los caballeros del zodiaco, Inuyasha y un par de animes más, Inuyasha llamó su atención no por la historia ni por el dibujo, sino porque la protagonista Aome se parecía demasiado a Raquel en todo: cabello, color de ojos, cuerpo, estatura y complexión.

Primero le preguntó su nombre, se ofreció a ayudarle con sus tareas e incluso se juntó con gente que le caía gorda sólo por estar junto a ella. Cuando Raquel corregía o hacía intentos por mejorar sus maquetas (era pésima) Mauricio se mostraba y les ofrecía sus escasos conocimientos sobre el tema. En una hora muerta entre semana y después de meses de estar tratando de cortejarla, le pareció un buen momento para mostrar algo de sus sentimientos, los maestros estaban afuera, charlando con casi la totalidad del grupo de cosas triviales, quizá un viaje venidero a Oaxaca o a Guadalajara, todos lucían emocionados; y solo unos seis o siete alumnos estaban en el salón, platicando o terminando sus maquetas. Mauricio le prestó su celular y le puso No me pidas ser tu amigo de Delgadillo, mientras le tomaba las manos. Para su sorpresa Raquel se prestó muy bien a la escena. Mauricio estaba en las nubes.

Pero al terminar la canción, al preguntarle por ella, Raquel sólo reparó en decir “está bien” y rápidamente soltó sus manos. Mauricio se disculpó diciendo que tenía que salir, que le hablaban al cel. Mientras salía del salón, después de evitar una plática, se recargó en el barandal de ladrillos del edificio, y recordó nuevamente un suceso que casi había escondido en su memoria: chicas guapas burlándose de él y de sus amigos en las jardineras de la prepa 8. Ahora, en el quinto piso de la gloriosa facultad de arquitectura, en el feo edificio anexo nombrado “Luis Barragán”, sus nuevos amigos hablando de pendejadas y series de su infancia, el cielo claro, espléndido, risas alocadas y una que otra grosería, él voltea ‒seguramente esa misma tarde llorará en su habitación a solas‒, Raquel está dentro riéndose con otros weyes. El maestro dice que ya se metan, que hay que terminar la canija corrección, Mauricio no entra, dice que va al baño, cierran la puerta, se sienta en el pretil desafiando los 20 metros de altura (el pretil mide alrededor de 80 cm), observa la escena universitaria; se alcanzan a ver los nadadores de la alberca, las demás facultades a lo lejos, el vaivén de alumnos de CU, el Ajusco reverdecido en esa primavera excelente. Sus ojos comienzan a ponerse vidriosos. Va al baño para que no lo vea nadie.

Años después, Mauricio dejó la carrera de arquitectura, quería ser escritor, eso se contará después, pero siempre que comenzaba a escribir recordaba a Raquel, los años de arquitectura y los viajes del profesor Guizar, y se inspiraba. “Te parecías tanto a Aome Raquel” pensaba Mauricio y se acordaba de todas las desveladas y las cosas que vivió en sus años de estudiante de arquitectura, recordaba con nostalgia aquella caminata bajo las estrellas y al lado de un bosque en Pátzcuaro, Michoacán; donde Raquel fue de él y de nadie más durante poco más de diez minutos, platicaron del futuro, del viaje inolvidable que estaban teniendo. A veces, también, mientras camina por  Coyoacán y ve a la gente salir de misa, Mauricio recuerda otro viaje, en Guanajuato, donde vio a una pareja que se estaba casando en una iglesia muy cercana a una famosa mina, y la novia se llamaba también Raquel, y Mauricio le hizo el comentario a la chica que se parecía a Aome, y ella probablemente le  contestó algo estúpido o falto de interés, y por eso ya no lo recuerda tanto como sí  recuerda con más intensidad (y con más dolor, si cabe decirlo)  la escena en donde  tuvo su “primera cita” con Raquel, cuando ambos fueron a ver a su amiga a la quema de batas de Química, en el camino Raquel comía una barra o galletas y se la devoró solita, sin ofrecerle nunca nada a Mauricio, ya en Química, después de presentarlo con su amiga y ignorarlo olímpicamente durante casi una hora, su amiga le dijo algo al oído a Raquel, ella respondió “¿a poco?” y ella le contestó: ¡pues qué no es obvio! Cuentos y poemas salían casi al instante cuando Mauricio recordaba esos ayeres en las madrugadas de su habitación.

 

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