Generaciones (lectura a clase)

CALLEROLDAN

 

 

 

“Pensaba en ti, Susana…

Miraba caer las gotas iluminadas por los relámpagos,

y cada vez que respiraba suspiraba,

y cada vez que pensaba, pensaba en ti, Susana.”

Juan Rulfo,

Pedro Páramo

 

 

 

Recuerdo que a finales de los noventas, antes de dormir tenía la costumbre de ver

películas por el canal 22, eran de lunes a viernes a las nueve de la noche, era raro que

terminara de verlas porque yo me dormía máximo a las 10:30, pero pude ver bastantes

filmes de los llamados “de autor” o de “arte” aunque en ese entonces no tenía idea, sólo

sabía que me gustaban y llamaban mi atención. Eran cintas europeas en general;

¡cuántas películas francesas tan espléndidas vi, y que ahora no me acuerdo ni de la

trama ni del título!, pero sí de algunas escenas sueltas. De entre todas esas horas

invertidas en aquellas noches en lugar de hacer mis tareas o de dormirme más temprano,

mi memoria ahora puede rescatar sólo unas cuantas películas; recuerdo claramente dos o

tres, una de ellas era Il postino *1, o El cartero, cinta italiana de 1994 cuyo argumento

estribaba en la relación entre un humilde cartero con poca cultura y el gran poeta Pablo

Neruda, y cómo el señor Neftalí le ayudaba al joven repartidor a enamorar a una mujer

por medio de versos. Ese fue mi primer acercamiento con la poesía.

 

En mi escuela secundaria nunca nos hicieron leer poesía, o por lo menos no me

acuerdo de (nada) ningún poema que hubiera leído en ese entonces. Ahora doy gracias

por eso, esas lagunas literarias permitieron que mi gusto por la poesía naciera

espontáneo y libre. La poca poesía que he leído por mí mismo además de ser harto

placentera me ha servido mucho en diferentes etapas de mi vida, creo que es

indispensable leer por gusto, no por obligación; bien lo decía Borges sobre los textos o

las bibliografías que le solicitaban sus estudiantes: “Si estos textos les agradan, bien; y

 

si no les agradan, déjenlos, ya que la idea de la lectura obligatoria es una idea absurda:

tanto valdría hablar de felicidad obligatoria. Creo que la poesía es algo que se siente, y

si ustedes no sienten la poesía, si no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los

lleva al deseo de saber qué ocurrió después, el autor no ha escrito para ustedes. Déjenlo

de lado, que la literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su

atención, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana.”

 

Concuerdo con Borges. Creo que finalmente la poesía se reduce a sentir, no a

pensar, ni a conocer. Mientras escribo este ensayo pienso en esos pequeños insectos

blandos y frágiles llamados efímeras (del griego ephemeros: que vive un día), como su

nombre lo indica, sólo viven unas cuantas horas, el tiempo justo para aparearse y poner

huevos; a veces llegan a vivir hasta el amanecer del día siguiente al que nacieron, todo

esto después de meses y meses de incubación. Si atrapáramos uno de estos seres y lo

congeláramos para siempre en un frasco al vacío o con formol, sin duda sería una gran

ironía y una gran metáfora también, e incluso un bello regalo. Pero, ¿valdría la pena?

Mataríamos la Poesía que lleva implícito su existir.

 

Pudiera hacer disertaciones sobre el fenómeno poético, no obstante no soy capaz

de describir a la poesía, ni si quiera podría acercarme a configurarla, sólo a sentirla.

Pero dadas las características de este ejercicio de creación, intentaré condensar en unas

cuantas cuartillas, el sentir y el concepto que yo tengo de la poesía. Sucede que a veces

por cualquier causa, ya sea una terrible desgracia o un sentimiento de amor, es cuando

se puede ver a través de las capas de la realidad, cuando la condición humana florece e

impacta con su verdadera representación y podemos experimentar su sabor agridulce.

Sólo la poesía logra atrapar esas sensaciones y plasmarlas entre espacios blancos y

símbolos abstractos generalmente negros, o vibrando a través de los conductos del aire

entre quien recita y quien escucha; y así, recrear la imagen mental que alguien en algún

lugar o época logró hacer en su memoria e imaginación, algo parecido a lo que concibió

el poeta o algo completamente diferente que nació de la lectura de quien recibe los versos.

 

Gabriel García Márquez en su discurso de aceptación del Premio Nobel, decía en

líneas generales que en sus escritos buscaba acercarse a la poesía, y gracias a ella lograr

vencer a la muerte para honrar a la vida. De verdad es un discurso notable, que hace que

las palabras resuenen en la cabeza por un buen rato después de haberlas leído; en uno de

los párrafos finales en muy pocas palabras recorría toda la historia de la poesía y sus

genios: Homero, Dante, Pablo Neruda, por mencionar algunos. El autor que nos legó

Cien años de soledad aceptaba y confesaba que en sus escritos quería “invocar los

espíritus esquivos de la poesía”. Por más ganas que tenga simplemente no me atrevo a

transcribir ese párrafo del cual les hablo, más que transcribirlo, lo que haría sería

transgredirlo, pero sí me atrevo a citar ―como lo hizo García Márquez al finalizar su

discurso― a Luis Cardoza y Aragón, quien concibió a la poesía como “la única prueba

concreta de la existencia del hombre”.

 

He elegido un poema para leerlo aquí en clase, espero me disculpen, pues es

largo, pero creo que ayuda a esclarecer un poco todo lo que les he dicho hasta ahora en

este ensayo. Hace poco he descubierto este poema y me ha estremecido, ha deambulado

en mi mente durante los últimos días:

 

LA VISITA AL CONVALECIENTE (Roberto Bolaño)

 

Es 1976 y la Revolución ha sido derrotada

pero aún no lo sabemos.

Tenemos 22, 23 años.

Mario Santiago y yo caminamos por una calle en blanco y negro.

Al final de la calle, en una vecindad escapada de una película de los años cincuenta está

la casa de los padres de Darío Galicia.

Es el año 1976 y a Darío Galicia le han trepanado el cerebro.

Está vivo, la Revolución ha sido derrotada, el día es bonito

pese a los nubarrones que avanzan lentamente desde el norte cruzando el valle.

Darío nos recibe recostado en un diván.

Pero antes hablamos con sus padres, dos personas ya mayores,

el señor y la señora Ardilla que contemplan cómo el bosque

se quema desde una rama verde suspendida en el sueño.

Y la madre nos mira y no nos ve o ve cosas de nosotros que nosotros no sabemos.

Es 1976 y aunque todas las puertas parecen abiertas,

de hecho, si prestáramos atención, podríamos oír cómo

una a una las puertas se cierran.

Las puertas: secciones de metal, planchas de acero reforzado, una a una se van cerrando

en la película del infinito.

Pero nosotros tenemos 22 o 23 años y el infinito no nos asusta.

A Darío Galicia le han trepanado el cerebro, ¡dos veces!,

y uno de los aneurismas se le reventó en medio del Sueño.

Los amigos dicen que ha perdido la memoria.

Así, pues, Mario y yo nos abrimos paso entre películas mexicanas de los cuarenta

y llegamos hasta sus manos flacas que reposan sobre las rodillas en un gesto de plácida espera.

Es 1976 Y es México y los amigos dicen que Darío lo ha olvidado todo, incluso su propia homosexualidad.

Y el padre de Darío dice que no hay mal que por bien no venga.

Y afuera llueve a cántaros:

en el patio de la vecindad la lluvia barre las escaleras y los pasillos

y se desliza por los rostros de Tin Tan, Resortes y Calambres

que velan en la semi transparencia el año de 1976.

Y Darío comienza a hablar. Está emocionado.

Está contento de que lo hayamos ido a visitar.

Su voz como la de un pájaro: aguda, otra voz,

como si le hubieran hecho algo en las cuerdas vocales.

Ya le crece el pelo pero aún pueden verse las cicatrices de la trepanación.

A veces el sueño es tan monótono.

Rincones, regiones desconocidas, pero del mismo sueño.

Naturalmente no ha olvidado que es homosexual (nos reímos),

como tampoco ha olvidado respirar.

Estuve a punto de morir, dice después de pensarlo mucho.

Por un momento creemos que va a llorar.

Pero no es él el que llora.

Tampoco es Mario ni yo.

Sin embargo alguien llora mientras atardece con una lentitud inaudita.

Y Darío dice: el pire definitivo y habla de Vera que estuvo con él en el hospital y de

otros rostros que Mario y yo no conocemos y que ahora él tampoco reconoce.

El pire en blanco y negro de las películas de los cuarenta-cincuenta.

Pedro Infante y Tony Aguilar vestidos de policías

recorriendo en sus motos el atardecer infinito de México.

Y alguien llora pero no somos nosotros.

Si escucháramos con atención podríamos oír los portazos de la historia o del destino.

Pero nosotros sólo escuchamos los hipos de alguien que llora

Y Mario se pone a leer poemas.

Le lee poemas a Darío, la voz de Mario tan hermosa mientras afuera cae la lluvia,

y Darío susurra que le gustan los poetas franceses.

Poetas que sólo él y Mario y yo conocemos.

Muchachos de la entonces inimaginable ciudad de París con los ojos enrojecidos por el suicidio.

¡Cuánto le gustan! Como a mí me gustaban las calles de México en 1968.

Tenía entonces quince años y acababa de llegar.

Era un emigrante de quince años pero las calles de México lo primero que me dicen es

que allí todos somos emigrantes, emigrantes del Espíritu.

Ah, las hermosas, las nunca demasiado ponderadas, las terribles

calles de México colgando del abismo

mientras las demás ciudades del mundo

se hunden en lo uniforme y silencioso.

Y los muchachos, los valientes muchachos homosexuales estampados como santos

fosforescentes en todos estos años, desde 1968 hasta 1976.

Como en un túnel del tiempo, el hoyo que aparece donde menos te lo esperas,

el hoyo metafísico de los adolescentes maricas que se enfrentan

−¡más valientes que nadie!− a la poesía y a la adversidad.

Pero es el año 1976 y la cabeza de Darío Galicia tiene las marcas indelebles de una trepanación.

Es el año previo de los adioses

que avanza como un enorme pájaro drogado

por los callejones sin salida de una vecindad

detenida en el tiempo.

Como un río de negra orina que circunvala la arteria principal de México,

río hablado y navegado por las ratas negras de Chapultepec,

río-palabra, el anillo líquido de las vecindades perdidas en el tiempo.

Y aunque la voz de Mario y la actual voz de Darío

aguda como la de un dibujo animado

llenen de calidez nuestro aire adverso,

yo sé que en las imágenes que nos contemplan con anticipada piedad,

en los iconos transparentes de la pasión mexicana,

se agazapan la gran advertencia y el gran perdón,

aquello innombrable, parte del sueño, que muchos años después

llamaremos con nombres varios que significan derrota.

La derrota de la poesía verdadera, la que nosotros escribimos con sangre.

Y semen y sudor, dice Darío.

Y lágrimas, dice Mario.

Aunque ninguno de los tres está llorando.

 

 

Bolaño y Mario Santiago se han ido de este mundo, de Darío Galicia no puedo asegurar

su paradero (tampoco hice una investigación exhaustiva), Carmen Boullosa, una de sus

amigas cercanas de juventud, refiere en un suplemento cultural que lo último que supo

de él era que hace años le habían contado que se aparecía en librerías vestido como

vagabundo diciendo “yo soy Monsiváis”, “yo soy Carlos Fuentes”. Ahora, después de

décadas, el momento y la escena que congeló Bolaño para plasmarla en el poema hacen

que estos jóvenes revivan para nosotros por unos minutos en esta tarde primaveral. Esa

es la magia de la poesía.

Este poema lleno de potencia, de lenguaje tan revelador, irrumpe con vertiginosa

fuerza, como si un recuerdo o un deja vu de repente regresara del pasado a cobrar

venganza, del lugar donde alguna vez existió una realidad ajena y esquiva, una realidad

que se hubiera encontrado de pronto sin escape, estando sola y llorando arrodillada

frente al mar, rodeada de preguntas que insistían en la arena.

Transcribo otro poema, este es pequeño, pero inmenso en significado, además de que

juega con nuestra imaginación:

 

LAS TRES PALABRAS MÁS EXTRAÑAS (Wislawa Szymborska)

 

Cuando pronuncio la palabra Futuro,

la primera sílaba pertenece ya al pasado.

Cuando pronuncio la palabra Silencio,

lo destruyo.

Cuando pronuncio la palabra Nada,

creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

 

Nezahualcóyotl mató a más de 150 hombres, construyó jardines, diques y acueductos,

gobernó ciudades y sembró algunos de los enormes ahuehuetes que aún existen en

Chapultepec y Texcoco, pero lo recordamos más por sus poemas que por cualquier otra

causa. Seguimos pensando después de milenios que Homero pudo haber sido muchos

hombres, o una generación entera de poetas, no lo sabemos, pero su legado sublime

provoca eso. Cervantes, gracias a su Quijote se ha consagrado como el referente de la

literatura por antonomasia en el mundo entero. Él quería ser poeta.

 

Así las cosas. De qué sirve tomarle una fotografía a una estrella fugaz (si es que

lo logras), vale más recordarlo como un momento asombroso, de otra forma se perdería

la metáfora, la vivencia. Sólo somos seres vivos y pensantes que vivimos nuestras vidas,

que estamos parados sobre un planeta, como pasajeros de la Tierra, en un viaje eterno

transportados alrededor del sol a una velocidad tremenda, y seguimos viajando en

nuestro sistema solar, el cual se encuentra también en un giro perpetuo alrededor de la

galaxia, a una velocidad más inverosímil y ésta a su vez, alrededor del universo, a una

velocidad fuera de toda imaginación; y el universo, hasta donde sabemos también se

mueve, ahí comienza lo desconocido. Y toda esa inmensidad, todas esas distancias, toda

esa eternidad, caben en unas cuantas palabras, en unas cuantas ideas. Esa es la

capacidad del lenguaje, el cual es la sustancia que configura a la poesía. Esa poesía que

leemos, que a algunos les gusta y a otros no, que tal vez un día nos presente como

personas que vivieron en el siglo XX y XXI y entonces sólo seamos fantasmas

olvidados, sombras en tiempos perdidos que nadie recuerde pero que quizá pudieran ser

salvadas por la poesía.

 

La poesía es literatura, la literatura es poesía, para algunos la vida es poesía.

Entonces, para bien o para mal la poesía está en todas partes, nos persigue y nos

envuelve y ni nos damos cuenta; la tomamos o la rechazamos, la hacemos nuestra como

el cartero que le respondía a Neruda, cuando éste le recriminó el haber plagiado sus

poemas: “la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita”. Tal vez por eso

la seguimos buscando, porque la necesitamos, en ella encontramos los significados de

los dolores, hayamos la sustancia que llena los huecos que la vida nos consume, y

encontramos el lenguaje divino para decir con palabras lo que se siente con el cuerpo.

¿Para qué sirve la poesía entonces? No lo sé. Si alguna vez escucharon la frase

“esto qué tiene que ver con la poesía”, tal vez no les sea ajena ésta otra: “todo tiene que

ver con la poesía”, me parece que la última frase destila pura verdad, si no pregúntenle

nuevamente a Neruda y a su Oda a la cebolla, o preguntémosle a una humilde

campesina, encarnada en la voz de Szymborska:

 

VIETNAM

 

Mujer, ¿cómo te llamas? -No sé.

¿Cuándo naciste, de dónde eres? -No sé.

¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé.

¿Desde cuándo te escondes? -No sé.

¿Por qué me mordiste el dedo cordial? -No sé.

¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé.

¿A favor de quién estás? -No sé.

Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé.

¿Existe todavía tu aldea? -No sé.

¿Éstos son tus hijos? -Sí.

 

De “Mil alegrías -Un encanto-“; 1967

 

¿Qué hay detrás de la ventana?, ¿Importa saberlo? A Los tiempos que corren, indígenas

rarámuris se lanzan a los abismos antes de morir de hambre, la crisis no tiene para

cuando acabar, la tierra tiembla a cada rato, nuestro país sigue siendo el lugar donde no

pasa nada y a nadie le importa, el mundo no se pone de acuerdo en nada y los negocios

más jugosos son la venta de drogas, de armas y de personas. Los polos se derriten,

Cerati sigue en coma; la esquizofrenia sigue manteniendo internado en un pabellón

psiquiátrico a Leopoldo María Panero, aunque él alegue que es por voluntad propia,

dicen que mantiene vivo su interés por la literatura; Roque Dalton se ha cansado de

revolcarse desde donde esté enterrado. Y a los jóvenes de este planeta, y en especial a

los latinoamericanos sólo nos sigue quedando (como siempre) la música y la poesía, la

diversión, los seres queridos, y las esperanzas de seguir soñando mientras se pueda.

 

Ya no veo películas en el canal 22, es más, ya ni veo películas casi, pero sí leo

poesía con alguna regularidad, por gusto, sin prisas. Tal vez después deje de leer poesía

y quizá pinte o sólo lea novelas, o ya no escriba, o puede ser que haga cosas diferentes;

no puedo predecirlo, pero por lo menos puedo seguir disfrutando de la poesía estos

años, es lo que hay para estos tiempos locos y raros, antes de que me vuelva

definitivamente loco o definitivamente normal. Mientras escribo esto, vienen a mí los

recuerdos y las preguntas que me hice cuando decidí seguir este camino, y la pregunta

sigue vigente. Tal vez de eso se trate esto después de todo, de un ciclo sin fin. Sigo sin

saber si la poesía pueda cambiar al mundo, ignoro si esos ideales murieron hace tiempo,

y sin embargo creo que a mí sí me ha cambiado, ¿y a ti?

 

 

Ciudad de México,

Primavera de 2012

 

 

1 Es una adaptación de la novela Ardiente paciencia de Antonio Skármeta, quien ya había adaptado la novela para el cine en 1983con el título “Ardiente paciencia”. La novela y la película original están inspiradas con Neruda viviendo en Isla Negra (Chile) alrededor de 1970. Sin embargo, Il Postino traslada la acción a la Isla Salina en Italia durante los años 50.

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