PEDERNAL EL CHICO

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Digamos que nos perdimos en una carretera del norte de México, de esas que sólo es desierto y montes alrededor, sin animales salvo algunos pájaros negros, con el sol a tope y la resequedad en la boca, los únicos sonidos son los que produce el viento de vez en cuando, un ambiente perfecto para contar una historia. Y esta historia debería servir para pasar el rato en carretera, precisamente en una carretera como esta fue como casi mi vida acaba.

Figúrate esto cabrón: llevamos tres horas manejando después de dejar atrás Real de Catorce, somos tres solitarios viajeros que van puebleando, echando relajo del que se echa cuando estás en tus tempranos veintes, nos vale madre el narco y estamos medio perdidos; no hay señales de vida por ningún lado, desde kilómetros atrás la carretera ya es pura tierra y piedras. De pronto mi amigo y copiloto me advierte de luces en el costado izquierdo, está atardeciendo y la gasolina casi se acaba. Llegamos a duras penas a las afueras de aquél conjunto caótico de casas y uno que otro edificio de dos pisos. Un par de mujeres ya entradas en años nos saludan y nos dicen que el taller del pueblo tiene gasolina, amablemente nos ayudan a empujar el carro sin que se los pidamos. Mientras llegamos nos dicen que su pueblo se llama Pedernal el chico y que estamos a casi 60 Km. de la ciudad más cercana o a 220 km. del mar en dirección este manejando todo derecho.

¿Cómo llegaron hasta aquí? −Preguntó la mujer más pequeña, medía cerca del metro con treinta centímetros, muy blanca ella, casi pálida.

−Manejamos borrachos, dijo Oscar. Su hermana de hecho va acostada en la parte trasera del auto pero no se da cuenta de nada. Las mujeres se despiden de nosotros no sin antes darnos santo y seña de su casa, por si se nos ofrecía algo y del centro del pueblo, donde podríamos encontrar al que vendría siendo su alcalde o dirigente. Se fueron tomadas de las manos, corriendo como niñas hasta dar vuelta a una esquina. En el taller mecánico no había nadie trabajando, sólo un niño que nos recibió e indicó el lugar donde podíamos dejar el carro. Susana estaba despertando.

−¿Dónde mierda estamos?

−En san Juan del Pito, −respondió su hermano.

Le dimos 20 pesos al niño para que nos cuidara el carro en lo que dábamos la vuelta y de paso buscábamos al señor alcalde. Caminamos un poco, nos detuvimos en un restaurante. Sólo había dos señores bigototes y muy altos, muy güeros comiendo botanas y bebiendo cervezas, dos señoras preparaban la comida y atendían a los comensales, al parecer nada más se servía pancita y botanas. Yo fui al baño y en el camino note la variedad de refrescos de sabor que había, en mi vida había visto ninguna de las marcas, sentí curiosidad por probarlas. Susana entabló conversación con los señores, quisieron invitarle una cerveza, cuando regresé del sanitario los hermanos ya estaban sentados con los señores bigototes, me dijeron que nos invitarían unas cervezas típicas de la región. Cerveza kaki, nombre raro y más raro la manera de beberla: al tiempo, o sea, caliente; extrañamente no sabía mal. Nos dijeron que no es que fuera una costumbre de aquellos lares, más bien era que la compañía cervecera que cada mes surtía al restaurante (el único del pueblo) había prometido innumerables veces un refrigerador para su mercancía, pero en 20 años no lo habían cumplido. Los señores nos dijeron que eran hermanos y que su apellido era Buitrón.

Nos despedimos de los señores Buitrón, Susana se llevó muy bien con ellos, uno incluso le besó la mano y se le hincó −Susana es muy atractiva, no está de más decirlo−. Caminando por las calles buscando la casa municipal o la casa del regidor o como quiera que se llame, se nos hizo extraño que los pocos comercios que habían estaban cerrados y las calles lucían vacías, ni un alma caminando o parada en las esquinas. Autos estacionados, incluso perros, pero ninguna persona. Era un pueblo chico, podías ver al desierto desde cualquier esquina donde te parabas. Llegamos a la casa más grande del lugar, estaba frente a un parque y tenía una bandera mexicana en el balcón, debía de ser el lugar de trabajo del alcalde. Aquí sí que había gente recargada en la puerta principal. Todos extrañamente parecidos entre sí y chaparros. Preguntamos por el señor alcalde, nos dijeron que no estaba, que regresaba en dos horas. Su nombre estaba escrito en un letrero en la puerta: “licenciado Javier Arnoldo Buitrón”. El mismo apellido de los señores del restaurante.

No nos quedo de otra que esperar sentados en la pared junto a la puerta del Alcalde, nadie nos dijo nada, las personas que esperaban casi no platicaban, no les parecíamos raros, quizá tendrían problemas más serios que atender. No lo habíamos notado, quizá por la borrachera, el pueblo era muy humilde y pobre, pero entre toda la gente que habíamos visto, todos eran rubios, todos eran delgados y lo más chistoso es que casi todos medían menos de un metro cincuenta; nosotros éramos muy altos en comparación; sólo los señores del restaurante eran un poco más altos que nosotros y un poco mejor vestidos. En poco menos de media hora el Alcalde llegó. Para variar también era rubio y enano, tenía una cabeza enorme y sus ropas no eran diferentes a los demás habitantes del pueblo. Le dio algunos billetes a la gente que lo esperaba y al despedirse de ellos nos invitó a pasar a su despacho.

   −Así que ustedes son chilangos, nunca he ido a la capital pero me dicen que es bonita, ¿qué se les ofrece jóvenes?, ¿a qué debemos el honor de su visita?

−Sólo estamos de paso, dije como diciendo buenos días. −Quisiéramos saber si nos puede indicar cómo llegar a la ciudad Z. llevamos dos días en carretera y no habíamos encontrado pueblo alguno hasta llegar aquí.

−Claro muchachos, con gusto, pero primero déjenme invitarlos a comer, no vienen viajeros todos los días y como verán, no hay nada de trabajo en este pueblo perezoso y triste.

Fuimos a una fonda, estaba en una calle muy cercana a donde dejamos el carro. Mientras estábamos comiendo, unos cortes de carnes muy singulares y de un sabor familiar. El señor alcalde mencionó que si teníamos poco dinero podíamos quedarnos a trabajar por unos días. Le dijimos que teníamos algo de prisa en irnos, pues íbamos retrasados un par de días en nuestro itinerario para regresar a casa.

−!Quédense un poco más muchachos! no tardo esperen un poco por favor.

Al cabo de cinco minutos el Alcalde volvió de la cocina con más bebidas y con las cocineras que nos traían postres. Notamos que las cocineras también eran rubias y bajitas. Empezaba a sospechar. Le dije al oído a Susana:

−¿Te has dado cuenta que todos en este pueblo se parecen?

−Ahora que lo dices, si es cierto, qué raro…

Después de comer y beber un poco más el alcalde nos dio instrucciones para llegar a la ciudad más cercana, donde encontraríamos gasolineras y comercios donde poder hacer compras y una pequeña escala antes de partir a casa, el señor alcalde nos invitó a una fiesta o reunión que según él nos harían como despedida –aunque sólo llevábamos unas cuantas horas en esas pinches tierras−.

Susana dijo que quería comprar cigarros, que dónde podía conseguirlos. El alcalde le dijo que la única tienda del pueblo estaba cerrada por una remodelación pero que si quería el le regalaba unos que tenía en su despacho, le dije que no fuera sola y me ofrecí para acompañarla. En ese instante el niño que nos cuidaba el carro apareció. El alcalde le acarició la cabeza y dijo que no tardaba.

Cerró la puerta de un portazo y yo me levanté de mi asiento y quise alcanzarlo, oí gritar a Susana a través de la ventana. El niño se puso en la puerta y sacó una pistola.

−Quédense ahí pendejos, un movimiento y los quiebro aquí mismo. Oscar estaba atónito en su asiento, las hermanas que nos ayudaron en un principio a arrastrar el coche entraron por la puerta de la cocina. Iban desnudas, con máscaras de lucha libre y sendos machetes y cuchillos largos. Un espectáculo horrible que aún me persigue en mis pesadillas.

−Ya valimos madre pinche Oscar.

Los gritos de Susana se alcanzaban a oír desde ese lugar, se notaban desesperados, el niño armado se reía y las viejas golpeaban sus machetes como sacándoles filo. Susana gritó pidiendo auxilio y el alcalde la maldijo, la azotó contra la puerta y el niño se tambaleó con el golpe. Oscar le lanzó un vaso a la cabeza, acertó y el niño tiró la pistola.

−¡Carga la mesa conmigo cabrón! Pude gritarle en la rapidez del momento.

No hubo necesidad de explicarle nada, me leyó la mente o quizá era lo más lógico de hacer en una situación así. Aplastamos al niño y a una de las mujeres con la mesa. La pistola quedó a mis pies. Con su pequeña estatura a la otra mujer sólo le alcanzó para apuñalar una nalga de Oscar con su mano izquierda; como pude apreté el gatillo y atiné un balazo a un costado del estómago que la derrumbó soltando el machete. El cuchillo se quedó en la nalga de mi amigo. El niño se escabulló debajo de la mesa y me golpeó en los huevos.

Grité de dolor. Oscar lo tomó de un brazo y lo lanzó contra la pared −pesaría unos veinte kilos el chingado escuincle− la otra mujer seguía forcejeando con la mesa. La seguimos aplastando hasta que soltara el machete, finalmente lo hizo y le propinamos varios madrazos en la cabeza. Salimos corriendo por la puerta trasera de esa casa.

−¡Dónde está Susana! Grité.

Descubrimos a media calle al Alcalde peleándose a golpes con los dos señores bigototes que nos habían invitado las cervezas previamente.

−¿Y Susana? Les grité.

−Se fue corriendo para allá. Nos dijo uno señalando la dirección en donde estaba el taller mecánico del pueblo.

Efectivamente ahí estaba Susana, con un ojo hinchado, en brasier con apenas trozos de la camisa rasgada  y moretones en el cuerpo por los golpes. Nuestro carro estaba ya desvalijado y apenas nos dimos cuenta, un silbido cruzó de lado a lado el pueblo. La gente empezaba a salir de sus casas, unas cincuenta personas salieron con cuchillos y tijeras, todos enanos.

−¿Qué es este pinche pueblo de locos? Dijo Oscar.

“Es un pueblo de incestuosos, todos son hijos de hermanos”, −pensé para mis adentros.

−Y obviamente es gente enferma, ¡vámonos en chinga! dije gritando.

Robamos un par de bicicletas en el taller donde estaba nuestro auto, desvalijado, pero lo bueno es que además de locos, eran imbéciles estos pinches chaparros, pues no dejaron a nadie cuidando, y como pudimos escapamos, no nos persiguieron, parece ser que los únicos carros estaban a disposición del Alcalde y que sus subordinados no estaban o estaban ayudándolo a forcejear con los señores que lo golpeaban, o andaban en otros asuntos. Tardamos dos días en llegar a ciudad Z. No seguimos en el camino en carretera por miedo a que fueran tras nosotros, nos internamos unos pocos kilómetros en el desierto y de ahí seguimos en paralelo, fuimos muy estúpidos y muy afortunados. Como a las ocho horas una camioneta nos dio ride y nos acercó bastante a nuestro destino, pasamos la noche sin dormir en otra pequeña comunidad en donde no conocían nada del pueblo que les mencionamos. Un médico nos atendió las heridas sin preguntar nada. No quisimos investigar más. Al día siguiente un trailero nos dio ride a ciudad Z, regalamos las bicicletas a los hijos del doctor como pago por habernos hecho curaciones. En ciudad Z ocurrió la misma historia: nadie sabía nada sobre Pedernal el chico ni sobre los enanos rubios. Nos tiraron de a locos.

   −Órale, chingona tu historia eh. Me decían.

−Pues es que no mames, güey, ¿quién chingados te va a creer esas mamadas?

−Te juro que pasó, no me lo estoy inventando, por supuesto nunca regresaré a las carreteras del norte, ahora te lo cuento por qué sé que en Guanajuato no podría pasarme algo similar. Oscar no viene pero cuando lo veas dile que te enseñe su cicatriz en las nalgas.

−¿Y Susana qué pedo?

−Se fue de intercambio a Europa y ya no regresó. Ya nadie puede corroborar mi historia.

 

 

Ösvaldo AP

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