ALAS MORADAS

David traía 300 pesos esé día en su mochila, sólo vestía unos tenis viejos, casi rotos de suela, unos jeans prestados, una playera horrible y una chamarra que le robó a un muchacho que se iba durmiendo en el metro. Ni él sabía dónde había amanecido esa mañana, sólo recordaba que tomó mucho los días anteriores, que se encontraba al otro lado de la ciudad, y que sus “amigos” ya no estaban.

Buscaba desesperadamente a Claudia, la chica que le recomendó el Josh, aquel vividor y bueno para nada, quien seguramente la habría encontrado en algún anuncio clasificado del periódico. Lo importante era que venía visitándola a menudo, pues, además del precio especial que le daba, el sexo era increíble, cada ocasión más intenso y salvaje que la anterior.

Al terminar, se quedaban un rato platicando, se contaban sus penas. La rebuscada y aburrida historia del por qué Claudia huyó de casa, de los golpes y humillaciones que sufría por su madre y los cada vez más predecibles y fastidiosos sueños de David, que llevaba dos años intentando irse al gabacho, pero sin siquiera juntar mil pesos, aunque sea para el viaje de ida en camión a Ciudad Juárez. Si le preguntaba por su apariencia, podría decir fácilmente que estaba trabajando como albañil y que venía de una obra. Aunque le apenaba su aspecto, David no hacía nada para mejorar, parecía como si esperara algo, un momento, una oportunidad, algo que ni siquiera él sabia definir.

Aunque las prostitutas digan que no se deben mezclar sentimientos, Claudia se dejaba besar por David, se le hacía como el amigo que nunca tuvo y que tanto necesitó en su adolescencia, al que pudo haber conocido de no haber dejado la secundaria en el primer año. Tal vez, porque con él sentía cosas que no sentía con otros, quizá por la lujuria que le despertó es que fueron aquellas complacencias. Después de varios encuentros, descubrieron que además de que tenían la misma edad, compartían algunos intereses, tenían cosas en común y realmente se la pasaban bien; su relación era complicada pero placentera. Podían hacer cosas diferentes a las que ella hacía con los señores cincuentones, aquellos que pesaban tanto y que causaban asco con sólo mirarlos, aunque ya no le importaba pues dejaban tres veces más dinero que David. Sin embargo, él era la única persona con la que se conectaba, la que se convertía en una extensión de su cuerpo cuando la poseía. Nunca tuvo una pareja así, el placer era genuino esta vez; no era algo forzado o brusco, experimentaba con él una especie de catarsis sensorial, una efervescencia, como si a ella le brotaran alas mientras era penetrada por detrás.

David quería comprarse unos tenis en el mercado y desayunar bien, en un restaurante; hacía tanto que no se daba ese lujo y ahora podía hacerlo con el dinero que “casualmente” había encontrado esa mañana, cuando pasó a la casa donde se estaba quedando, con su tía, esa señora de buen corazón que lo dejó quedarse en el cuarto de la azotea. Las cosas no andaban muy bien, lo habían despedido de su último empleo y sus amistades sólo le traían problemas, ahora robaba y se drogaba. Regresar a casa de su mamá dónde ya no cabía por la reciente unión con su novio, y sin un peso en la bolsa no era una opción.

Mientras caminaba por las calles de la ciudad, David pensaba en qué hacer ahora, todavía podía regresar con su tía, tal vez no se habría dado cuenta del dinero ausente, o si lo hizo, él podría argumentarle que lo tomó para una urgencia y que se lo regresaría después.

-Mañana iré -pensó. Todavía estaba en buena hora para encontrar al Chabelo y al Gorras, se dirigió a la casa del primero, no podría negarse a recibirlo, después de tantas veces que lo había sacado de apuros. No lo encontró, pero sí estaba su mamá, le dijo que tenía dos días que no llegaba. Buscó al Gorras pero nadie le abrió. Lo esperó en la entrada, llevaba todo el día sin comer, aunque tenía todavía un par de porros. Dieron las 12, la una de la mañana  y no llegó. Se durmió entre un muro y un árbol en las canchas de básquetbol de la unidad habitacional. En la madrugada, entre sueños, vio o soñó a unos niños indigentes jugando con unos perros viejos, el niño más grande tendría alrededor de siete años. Al despertar, con el frío de la mañana se puso rápidamente a caminar, estaba claerando apenas. Se puso a hacer cuentas, podía comprar las dos cosas: el calzado y el alimento, pero su deseo era mayor, prefería una hora de buen sexo y cariño melancólico en lugar de quitarse el hambre. Así que rápidamente subió al pesero que lo dejaría en el parque cercano al departamento de Claudia, quien a juicio de David no vivía mal, pues podía pagarse un lugar donde dormir y alguno que otro gusto, claro, mientras pudiera hacerlo.

Vivía en una colonia céntrica, con vista al parque. Desde su ventana, podía ver las jacarandas mientras atendía a sus clientes. Le gustaba su color, le gustaba ver ese matiz morado de las hojas floreciendo al mismo tiempo que ella entregaba su cuerpo. Ese día se suponía que Coronado no iría a verla, que tardaría un par de días en volver. En esos “días libres” la ganancia era para ella, tenía ya un buen número de clientes desconocidos para Coronado. Necesitaba más dinero. Uno o dos meses más y por fin escaparía de esa vida. Estaba lloviendo temprano ese día, eran las 10 de la mañana, David bajaba del pesero, caminaba hacia el teléfono de la esquina y observaba la habitación de Claudia.

—Bueno

—¿Claudia?

—Sí

—Hola, soy David

—Amm, hola David, ¿Dónde estás?

—En el parque, en la esquina, asómate.

—No puedo, me acabo de salir de bañar.

—¿Estás desnuda?

—!¿Ya vas a empezar?!

—Oye, ¿me puedes atender?

Silencio.

—Supongo que sí.

—Bueno, voy para allá

—Ok, (cuelga el teléfono)

—Te amo.

*

Claudia siempre quiso ser la chava más popular de su escuela, lo fue. Todos querían andar con ella, no era la más guapa, pero sí la más “buena” según lo que se escribía en los baños de hombres. Precisamente su desarrollado y fino cuerpo fue lo que la fastidió. Aunque ya había besado a varios chavos, su sueño de tener un novio perfecto que lo fuera todo para ella no pudo lograrse, pues fue violada a los dos meses de entra a tercero de secundaria por su padrastro. Así fue como comenzaron los recurrentes pleitos con  su madre, ella siempre estuvo del lado de Javier, el tipo que había conocido en el restaurante donde trabajaba. Las violaciones y amenazas fueron más y más frecuentes hasta que Claudia no soportó más. Huyó de su casa. Los primeros días fueron terribles y hambrientos, no sabía a dónde ir, ni con quién acudir, todavía veía a algunas de sus amigas de la escuela, aunque ninguna pudo apoyarla lo suficiente, pues el miedo de Claudia hizo que dejara definitivamente de deambular su colonia, ella siempre agradecería, años más tarde, que no quedó embarazada de su padrastro. Después de una semana de pedir dinero en las calles, aguantarse el hambre y escapar un par de veces de otra violación, pudo, por fin, encontrar un trabajo como mesera en un bar de mala muerte en el centro de la ciudad, cerca de donde llegó a pedir limosna. Rápidamente hizo amistad con las meseras que la ayudaron a entrar a trabajar y con una de ellas vivió un tiempo en un cuarto inmundo de un edificio ubicado a pocas cuadras. Al bar acudían prostitutas y chulos, poco a poco fue relacionándose con ellos y un día sopesó lo que ganaba como mesera y lo que podría ganar si vendía su cuerpo. Un tipo llamado J. Coronado fue quien le ofreció primero un cuarto de azotea, no más cómodo y limpio que el que compartía, pero sólo y únicamente para ella a fin de cuentas. Coronado le prometió que conforme pasara el tiempo le iría dando más dinero y la cambiaría a un departamento más bonito si se portaba bien. Desde los 14 años (después de aprender posiciones y maneras de succionar el pene de parte de Coronado) se dedicó a la prostitución, en su cumpleaños 15, nueve hombres tuvieron sexo con ella. En pocos años Claudia fue “ganando méritos” y de trabajar dentro de casas de citas ilegales, salió a la calle cuando ya era difícil que adivinaran su edad ilegal. Después comenzó a anunciarse en periódicos y teniendo clientes regulares. Con el pasar de los años Claudia era la chica que más dinero le dejaba a Coronado, un desgraciado que nunca andaba sin pistola, pero que al fin y al cabo iba tomándole cariño, al grado de dejarla sin supervisión ciertos días al mes.

*

Mientras se desangraba, sus pupilas reflejaban la silueta de Coronado; sin embargo en sus últimos instantes de vida (que para ella resultaron eternos), no recordó a su padre, muerto en la cárcel a meses de que se cumpliera su condena, no recordó a su madre, ni a sus amigas, ni las pocas tardes felices que tuvo con sus amigos del bar. Sólo recordaba el día que dejó la escuela, cuando salió de casa y vestida con el uniforme, no llevaba cuadernos ni libros en la mochila, sino ropa y dinero que le había robado a su mamá y al infeliz que la abusaba. Pero no veía a la muchachita con problemas pasando de largo la escuela; en su delirio reconstruyó otra historia: ella tenía a sus papás, a sus amigos que la apoyaban y con los que jugaba básquetbol los viernes después de clases y comía papitas con chile en el descanso de la secundaria. Regresaba a casa de la mano de su novio (muy guapo y tierno), oía música en un mp3, iba a fiestas… Antes de salir corriendo Coronado se tomó unos segundos para contemplar la escena sangrienta de la que su mayor fuente de ingresos de toda la vida. Una lágrima nacía del ojo izquierdo de Claudia, se derramaba lamiendo sus labios, sus manos, sus piernas y su sexo estaban cubiertos de sangre. La imagen lo excitó.

*

La mató con una botella rota de vodka. Estaban acostados, desnudos, acababan de coger. David fumaba el último toque de su bacha, Claudia tomaba vodka (lo único que le gustaba tomar) directamente de la botella. Miraban el techo y conversaban. Después de un año de conocerse y de intimar, ambos se habían contado casi todo, a excepción del deseo de escapar de Claudia. -Oye, David, tengo que decirte que ya no nos veremos más. -mmmh ¿Qué? ¿Por qué? Dentro de poco me iré de aquí, tengo que cambiar de vida, no me quiero morir en 10 años de alguna enfermedad o que me mate un loco, quiero hacer cosas normales, quiero trabajar y tener un hijo bien, si es que todavía puedo tenerlo… casarme, esas cosas, ya sabes. Y yo ¿qué? -reclamó David, ¿Qué me lleve la chingada? Sí, vete a la chingada, pinche egoísta, sólo piensas en coger. -No es eso, tú a mí me gustas. No te creo, puto, nunca me has propuesto sacarme de este pedo, eres un pendejo. !Cállate puta!, tú no sabes lo que siento, estoy enamorado de ti, ¿no te has dado cuenta? Por favor, nos llevamos chingón y todo, me caes bien, pero ¿hasta cuándo crees que iba a durar esto pendejo?

-Yo sólo quiero estar contigo…

Pero eres un pendejo, que no ha hecho nada de su vida, sólo tengo esta intimidad contigo porque me hablas bonito, coges rico y te pareces un poco a mi primer novio de secundaria, nadamás, pero contigo ¿qué futuro tengo?, de ti a mi chulo…

No la dejó terminar, le dio un puñetazo en la cara. Después trató de ahorcarla mientras la maldecía y le decía que se muriera ya.

Coronado  no había encontrado a la mujer que fue a buscar y había regresado ese día a ver a Claudia, tenía la costumbre de subir las escaleras cantando. Claudia le picó los ojos a David y empezó a gritar, David la azotó contra la pared, en un esfuerzo extraordinario alcanzó a jalar la cama hacia  la puerta de la recámara mientras Claudia se recuperaba del golpe. Coronado ya estaba entrando en el departamento, gritando, preguntando qué pasaba. -!¿Con quién chingados estás?! -gritó desesperado. David rompió la botella de Vodka. La droga y el coraje lo habían vuelto loco. Cortó a Claudia en el estómago para demostrarle que iba en serio. -¿Dónde tienes el dinero? -le dijo a Claudia, quien soltó un grito horrible mientras decía gimiendo “Coronado te va a matar, pendejo”.

David volvió a hundir la botella en su piel, ahora el grito fue seco y desgarrador, Coronado ya estaba tratando de abrir la puerta y se asomó al interior del cuarto. Claudia le señaló a David un cajón del ropero, pensaba que si empezaba a buscar el dinero Coronado tendría tiempo de entrar y matarlo, ella empezaba a llorar, le faltaba el aire y se le escapaba la vida. David tiró todo al suelo, entre la ropa había una caja de metal. Claudia ya no respondía, se desangraba, David tomó la caja, Coronado ya había metido una mano por la puerta, comenzaba a disparar sin ver, David miró una última vez a Claudia por un par de segundos, arrepentido. Coronado ya había metido la cabeza. Desde su perspectiva sólo se veía la cama cubierta de sangre y a Claudia recargada, agonizando. -¿Dónde estás puto? Había metido medio cuerpo y alcanzó a dispararle mientras se arrojaba por la ventana. Pero no acertó. Alcanzó a dispararle, con su última bala, desde la ventana al chavo que corría cojeando a 10 metros del departamento pero sólo le rozó un hombro. Los periódicos de los días siguientes no refirieron el asesinato, aunque un mes después un cuerpo femenino con las mismas características de Claudia fue encontrado en un canal de aguas negras a las afueras de la ciudad.

*

Davvid viajaba en un camión Greyhound en alguna carretera del norte de México, no traía equipaje, sólo una mochila recién comprada y dentro de ésta el dinero de Claudia y una torta y un refresco que se compró en la estación de autobuses. Pidió el primer viaje que hubiera disponible al norte, a la frontera. Se sentó junto a la ventana, miraba los colores vivos del atardecer deslizarse entre las montañas del desierto. Todavía le dolían mucho los pies y su cuerpo estaba muy cansado y lastimado. La sensación de la droga había amortiguado un poco el dolor del roce de la bala en su hombro. Junto con la mochila también compró una camisa nueva y una sudadera, que ya estaban ensangrentadas pero al ser de color negro ambas, no se notaba tanto, ya cuando llegara a la ciudad fronteriza, buscaría un doctor.

Llevaba ya muchos chicles masticados y más de 12 horas de viaje, los otros pocos pasajeros parecían fantasmas. David ahora sólo pensaba, pensaba en Claudia, en la forma en que la mató, en el dinero que le robó, en la horrible vida que había dejado en la capital mexicana, vida que le daba asco pero a la que estaba acostumbrado, y de la que había escapado tal vez para no regresar nunca. El autobús estaba silencioso, todos dormían.

Mientras despertaba, ya casi llegando a Ciudad Juárez después de dos días de viaje, sus pensamientos por primera vez en muchas horas se dirigían hacia otra dirección, ¿Qué vida le esperaba?, ¿Cómo sería su existencia de ahora en adelante?, ¿Cómo se ganaría la vida?, ¿Volvería a matar a alguien?, ¿La imagen de Claudia desnuda y en silencio, bañada en sangre, mirándolo, se iría algún día? No lo sabía, como tampoco sabía que Coronado nunca lo encontraría y que desistiría de buscarlo pasados solamente 10 días.

Nunca se imaginó que moriría 50 años después en su lecho, rodeado de su familia norteamericana, su esposa de toda la vida, de sus hijos y nietos, en un suburbio tranquilo de  Sun Valley, California; recordando la mirada de Claudia cuando se le escapaba la vida, la juventud y sus sueños de jovencita. Los ojos negros tan seductores y tristes que le suplicaban y reprochaban al mismo tiempo; mientras Coronado gritaba y disparaba detrás de la puerta, mientras tomaba los ahorros de Claudia con sus manos ensangrentadas y brincaba de un segundo piso. Lloró en silencio. Las últimas estrellas del cielo purpúreo se escondían en el horizonte, mientras las nubes moradas se tornaban rojas y su reflejo caía sobre la ventana del autobús.

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