Monólogo 

Camino hacia el lugar donde me encontré con la anciana que me daba consejos sobre enamorar a una chica, me enrolo en las horribles filas de los desamparados y castigados hombres sin gracia.

 

El otro día me vi reflejado en un charco de aceite derramado en el asfalto, y me reconocí más que en mi propio espejo, aunque no pude ver a través de mí como lo hago frente a los ojos de una mujer desesperada.

Consumo mis ideas platicándolas a un niño que me pide dinero en una esquina.

Esta ciudad que tanto me ha dado y que tanto me ha quitado, la vivo, la siento, la asfixio, la sueño, la pienso, la conozco, me sorprende, me horroriza, me enamora, me asquea_

Esta ciudad que me vio crecer y morir mil veces en un sueño, que me vio hacer el ridículo y confirmar que la dignidad empieza donde termina el amor a la esperanza. Ciudad que me enseñó la ley del hambre, de la sed, del amor perdido esperando ser hallado.

Recuerdo esas calles vacías, esas noches distraídas donde mi amor me pedía que no me fuera, recuerdo esos perros que me seguían por horas, hambrientos y malolientes, pero más amables y simpáticos que las señoras gordas que andan aquí y allá.

Me asusta caminar de noche por el lugar donde mataron a ese niño de 15 años por resistirse a un asalto, cuando yo tenía esa edad, salvé la muerte un par de veces por lo menos,

me gusta imaginar tiempos y paisajes distintos en el mismo lugar; dimensiones y espacios que se amontonan y se licuan frente a mis ojos en un claro y despejado pedazo de tierra: cuánto amor, cuánto odio, cuánta muerte, cuánta maravilla, cuántos misterios aguardan por aparecer, o se terminan de esparcir en el olvido absoluto.

Hay días en que no quiero salir de casa, prefiero observar las montañas desde mi ventana y pensar en ella. Qué andará pensando, en dónde estará absorbiendo vida y atención, ¿qué rostros iluminará con su mirada?

Cuando salté aquel río desde entonces sólo transportaba desechos y suciedad, creía que la ciudad terminaba ahí; que los señores pobres que vivían en sus orillas eran los guardianes del lugar de juegos, que las vacas y borregos que pastaban en ese tiempo eran normales en todos lados. Es cierto, han pasado más de dos décadas desde aquel entonces, era otro siglo, no sabía que existía la muerte, o no le daba siquiera importancia.

 

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