Beatrice

 

 

En las ruinas de la Luna desperté.

No recuerdo dónde,

ni cuándo me dormí.

 

Pero tengo todavía la visión

de ti y de mí, caminando

por aquella vereda.

¿Hace cuánto?,

¿mil?, ¿dos mil años?

 

Salgo de las ruinas,

muertas, ausentes.

Con ese color blanco que penetra

hasta el más oscuro rincón de mi negro mundo.

 

Camino entre portales,

viejos como cinco eras.

Toco estas paredes,

y me siento igual que en aquél lugar donde se fue.

 

Levanto la mirada,

y ahí está.

Ese globo azul.

Luminoso,

entrañable,

lleno de vida y movimiento.

 

Aunque no pueda ver ningún ser,

ni ninguna de sus manifestaciones,

puedo ver sus océanos;

sus glaciares,

sus desiertos,

sus tormentas,

sus nubes…

 

Y me pregunto, ¿por qué ellos

están del otro lado y yo aquí?

¿En qué punto se encontrará ella?

Y soy consiente de los millones

que me observan ahora.

 

Yo también los observo.

Miro todo al mismo tiempo:

cómo mueren,

cómo nacen,

cómo destruyen,

cómo crean,

cómo odian,

cómo desean,

cómo huyen,

cómo aman,

cómo me llaman.

Pero no te veo…

 

A pesar de todas esas perspectivas,

le doy la espalda al mundo.

Me entristece verlo solo,

quisiera verlo detrás de tu rostro.

 

Regreso a mis ruinas,

a mi lecho iridiscente,

a tratar de dormir de nuevo,

a cerrar los ojos,

y encontrarte allá.

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